“No tengo nada que reprocharle a la vida”

Qué tal amigos de VIAJERO, antes de empezar a contarles mis anécdotas durante mi actividad como taxista (más que un oficio un arte), déjenme presentarme. Mi nombre es Fernanda y aunque no lo crean estoy en este negocio desde hace 17 años, justamente la edad de mi hija Patricia, quien acaba de ingresar a la universidad. Si ahora mismo más de uno debe estar sorprendido de que una mujer se dedique a hacer taxi, imagínense en aquél tiempo, cuando el machismo era más marcado que ahora. Ciertamente, tras el paso de los años y la experiencia ganada, agregando mi excelente trato y sobrio manejo (modestia aparte) son menos los pasajeros que se asombran de verme frente al volante. Los tiempos cambian y la mayoría de la gente reconoce que ya no hay distinción de género para ganarse el pan, sobre todo en estos días tan difíciles.

Me hice taxista casi obligada por las circunstancias. Mi matrimonio no daba para más, porque -honestamente- yo me rompía el lomo elaborando y vendiendo mis artesanías para ayudar a parar la olla, mientras mi ex pareja llevaba vida de soltero y comprobé que me “adornaba” hasta con mis amigas. La disolución del matrimonio se dio rápidamente en vista de las evidencias. Ante el juez mi ex esposo se comprometió a darme un vehículo para así ganarme la vida y asegurar la educación de mi Paty. No sé cómo lo hizo, pero de pronto me vi frente a una dura máquina, que me responde porque la cuido como a mi vida (conmigo no va eso de ‘mujer al volante, peligro constante’).

Así empecé a recorrer la ciudad, con la frente en alto, dejando de lado el banal orgullo, para fortalecerme como madre y mujer.  Y aunque me esforzaba tanto por cubrir todas las necesidades de mi hija y no pasaba por mi cabeza rehacer mi vida con otro hombre, siempre hubo la oportunidad de hacer un alto en la faena para correr al menos una hora alrededor del parque de mi barrio. Los resultados saltan a la vista y puedo notar con satisfacción (o vanidad femenina) que a mis 37 años aún despierto pasiones entre los hombres.

Una de esas tardes llevé a su trabajo a Alejandra, una de mis amigas del club de fans de Tiziano Ferro; en el trayecto convenimos reunirnos en la noche con todas las chicas, en un amplio local de la Av. Tomás Marsano. Tras dejar a ‘Ale’ hice tres o cuatro carreras más y estaba a punto de ir a la casa a cambiarme. Sentía la necesidad de verme regia y empezaba a consentir en mi mente la idea de hallarle la otra mitad a mi corazón. Total, ya mi hija está casi lograda y el temor a la soledad siempre es un fantasma que nos atormenta.  Pisaba el acelerador decidida cuando un hombre alto y algo canoso me abordó y con modales bastante finos me pidió que lo llevara a Los Olivos. Lo hice, no sólo porque César (así se llama) iba por mi ruta, sino que me interesó el tipo. La carrera iba a ser algo larga, lo cual nos permitió dialogar bastante. Tanto así que me sorprendí al comprobar que estaba trasladando nada menos a quien años atrás me había dado el primer beso, en una noche otoñal de mi cándida adolescencia. Sentí que aún deseaba la pasión de aquél hombre y tomé la iniciativa para el ‘remember’ y… ¡oh, sorpresa! De aquél muchacho ardiente e impetuoso sólo quedaba un hombre frío e indiferente, a quien alguna extraña situación de la vida -que no quiso contarme- le había arrebatado el deseo por las mujeres. Lo dejé en su destino y digerí el mal sabor de la decepción. No obstante, sigo creyendo que no tengo nada que reprocharle a la vida.

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