APRENDÍ QUE A LA “PELONA” HAY QUE PERDERLE EL MIEDO

Un saludo muy especial para mis amigos de VIAJERO, a quienes agradezco por permitirme contar mis peripecias a lo largo de más de cuarenta años al frente de mi ‘caña’. Mi nombre de pila es Humberto, pero mi gente me dice ‘Tío bigote’ (tengo semejante brocha) y toda mi vida la he pasado en Surquillo. Ya mis tres hijos han hecho su hogar y yo chambeo sólo para atender a mi vieja, como llamo de cariño a Noemí, la mujer que me soporta desde hace 35 años. Mi herramienta de trabajo es un Dodge 6 cilindros, medio antiguo, pero es un buen fierro y casi no tiene achaques. Aunque se ve algo tétrico en las noches, y por su color medio fúnebre, entre plomizo y azul marino, ya ha espantado a varios pasajeros. “Tu ´caña´ parece una carroza”, me dicen algunos.

Tengo varias experiencias bastante raras, que inclusive en un momento me hicieron pensar en cambiar de chamba. Llegué a tener pesadillas donde aparecían las caras de los pasajeros que había llevado a su destino, persiguiéndome -guadaña en mano- para arrojarme al reino oscuro y profano de la muerte. Por ejemplo, recuerdo que hace unos años llevé a un jovencito hasta Santoyo, en El Agustino, y para evitar el tráfico y la contaminación de La Parada, retorné por un atajo que me sacaría de ahí por la Av. Los Incas, pasando por el cementerio El Ángel. Era casi medianoche. Como escondido entre los arbustos ensombrecidos por la tenue luz del lugar, me abordó un hombre anciano, bastante alto y pálido, elegantemente vestido. Recuerdo que en él destacaba su oscuro y fino sobretodo de paño azul marino. Me pidió que lo llevara a Huachipa y aceptó sin regatear la tarifa. Se sentó en el asiento copiloto y, la verdad, sentía escalofríos cada vez que este extraño hombre hablaba. Todo el ambiente que le rodeaba manaba un frío intenso y su voz grave parecía perderse en las entrañas del viento aquella noche tenebrosa. Una vez que llegamos a Huachipa el hombre de aspecto mortuorio encaminó sus huesos pausadamente hacia un pasaje que conduce al cementerio Campo Fe. Su cadavérico rostro parecía reflejar una mueca de satisfacción. Como la cara de alguien que se va a encontrar con cierta persona a la que ama…Entre asustado y sorprendido, puse primera y salí raudo hacia la Av. Ramiro Prialé. No obstante, sentí de pronto como si alguien tomara mi mano, obligándome a detener la marcha. La potente luz de un tráiler empañó mi vista y dejó tras de mí su estela mortal, con su paso veloz a más de 100 k/h. Sin duda escapé de la muerte. Entonces surgieron mil interrogantes dentro de mi cabeza ¿Será que estamos predestinados para morir el día indicado y que nadie lo hace en la víspera? ¿O quizás aquél anciano que parecía haber dejado ultratumba aquella noche, había abordado mi taxi para advertirme sobre el peligro que yo corría de abandonar este valle de lágrimas?

Nunca quise contar esta experiencia ni a mi mejor amigo, mucho menos a mi esposa. Quizás pensé que no me irían a creer. De todas maneras, me tomé unos merecidos días de ocio y saqué a la vieja a descansar a las afueras de Lima. Pasadas algunas semanas mi encuentro con lo paranormal volvió a sorprenderme. Una noche, entre las avenidas Tomás Valle y Bertello subió a mi taxi un muchacho, de unos 30 años, pidiéndome que lo llevara hasta la Av. Néstor Gambetta. El joven parecía conocer mucho sobre la filosofía de la vida y de los sorprendentes nexos entre las personas que estamos aún en la tierra y los que ahora se encuentran en otra dimensión. “Las experiencias extra sensoriales se dan cada vez con mayor frecuencia y son más comunes de las que muchos creen. Todas las cosas suceden porque tienen una orientación regida por el aura y trascienden muchas veces hasta a la misma muerte. Pero sabemos también que el interior del ser humano tiene grandes emociones y conflictos, pero están todos sometidos al poder de nuestra mente. Y ella es la que inclusive puede determinar nuestra presencia o no en determinado lugar”, argumentaba con absoluta certeza el muchacho, quien por lo demás carecía de brillo en su mirada y exhibía una delgadez poco común entre los mortales. Recuerdo que antes de llegar al Ovalo Cantolao me pagó con 20 soles, ingresé al grifo a cambiar en sencillo, bajé del auto. Grande fue mi sorpresa al regresar y no verlo, ni en el taxi ni alrededores. Mis dudas se acrecentaron y volvieron a mi cabeza las interrogantes ¿Es real lo que ocurre en mi vida? ¿Estoy trasladando pasajeros muertos en vida? De lo que sí estoy seguro es que cada día le temo menos a la muerte.

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