La tecnología te pone en órbita, o te enloquece

Cómo están, lectores de VIAJERO. Mi nombre es Felipe, tengo 50 años y me dedico al taxi casi toda la vida. Es una cuestión hereditaria creo, porque mi abuelo y mi padre también se ganaban los frijoles de la misma manera. Déjenme decirles que estoy más que sorprendido con el avance de la tecnología y la manera en que facilita (y a veces complica) la vida de las personas. Francamente, considero que quienes no conocen lo básico en este asunto del internet y de las redes sociales, están en condición de analfabetos. Yo era uno de ellos, pero gracias a la ayuda de mis hijos estoy conectado permanentemente e inclusive tengo mi página web donde promociono mi servicio de taxi.

Todo ha estado yendo bien, inclusive había momentos en que tenía tantas llamadas para dejar pasajeros en los más diversos recodos de la capital, que ya no me daba abasto. De ahí que se me ha prendido el foquito y estoy pensando seriamente en poner una pequeña empresa, con la ayuda de dos o tres compañeros que tengan visión de futuro y ganas de hacer patria.

Mi chambita acaba a las seis de la tarde, ni más ni menos. Porque ya no soy el de antes, que me pasaba casi todo el día frente al volante. Ahora me alimento a mis horas y descanso bien, porque definitivamente el cuerpo ya no es el mismo. Eso sí, llegando a la casa, lo primero que hago es entrar a la bendita laptop y navegar, tratando de enterarme de todo lo que pasa en el planeta. Es como si me asaltara una inagotable sed por estar informado. Es así que me he enterado de cómo cada vez en el mundo, sobre todo en Europa y Norteamérica, avanza inexorablemente la fiebre del aplicativo pokémon y cuánta gente deja de trabajar, estudiar o inclusive de comer, con tal de buscar estos muñecos virtuales en los lugares menos imaginables.

A propósito, respecto a este asunto, hace un par de semanas tuve una anécdota que pudo haberme metido en serios problemas. Circulaba por la cuadra 25 de la Av. Brasil cuando un grupo de muchachitos me solicitó una carrera a La Punta. Entraron al carro bien apretados, casi uno sobre otro. Si mi pobre máquina hablara, en ese momento habría gritado: “¡auxilio!”. A través del espejo retrovisor veía de vez en cuando los rostros de estos adolescentes; sus miradas ansiosas reflejaban una exagerada preocupación, como que se les iba la vida si no llenaban el vacío que ni siquiera eran capaces de identificar. Es una situación que a muchos viejos nos llama a la preocupación. Nuestros niños y adolescentes (inclusive algunos adultos) van por la vida llenos de exigencias planteadas por la realidad virtual y se olvidan por completo de la vida real.

Mientras conducía me acompañaban viejas remembranzas de jornadas divertidas al ritmo del trompo con huaraca. O correteando detrás de la pelota de trapo. Aquellos días en que las tardes eran interminables; cuando jugábamos a los escondidos o trepábamos los cerros. Éramos incansables, casi invencibles, con una fortaleza que sólo desaparecía con el grito imperativo de mamá: “¡pasa adentro!”. Jamás imaginé que llegaría un momento en que las personas encontraran diversión alrededor de un solo objeto, capaz de apropiarse de la voluntad de las personas y envolviéndolas en una absoluta introversión.

Al llegar a La Punta los chiquillos me pidieron que los esperara media hora porque buscarían ‘pokemones’ en el malecón, prometiendo regresar luego. Ya eran las 6 de la tarde y debía retirarme. Sin embargo, me pagaron para quedarme una hora más, lo cual se prolongó hasta la medianoche, tiempo que aproveché para internarme en mi máquina y navegar, como siempre lo hago en casa. Mientras yo gozaba de absoluta tranquilidad, allá afuera se armó el ‘bolondrón’, porque el alcalde de La Punta ha ordenado el retiro de los cientos de muchachos que cada noche acuden al lugar en busca de ‘pokemones’. El enfrentamiento entre jovencitos, policías y serenos fue bastante fuerte. Hubo varios heridos con contusiones diversas y decenas de detenidos, entre los cuales se hallaban mis ocasionales pasajeros. Y por ser la persona adulta responsable de ellos, la autoridad policial me obligó a cargar con los daños causados, ni no quería verme privado de la libertad. De ahí quedé curado. Ni más llevo a nadie a buscar ‘pokemones’.

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